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Publicado en: Revista Nº 29

De la transferencia al vínculo: oportunidad de la ficción en los procesos terapéuticos

Publish 13 Diciembre 2013 Visto 1490 veces
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Creo que no les será ajena -si han leído anteriormente alguno de mis artículos-, la reflexión de que puede considerarse el acto terapéutico, e incluso el educativo, como una creación compartida.

En realidad, en todos los procesos profesionales de acompañamiento a otro, tanto en sus dificultades como en sus deseos de cambio y desarrollo, la creación compartida es el eje que vertebra las transformaciones que en dicho proceso se darán.

Ahora bien, ¿qué estoy diciendo cuando hablo de creación?

Para mi se trata de la creación de un vínculo, que tiene tres vertientes fundamentales. La primera refiere a la posibilidad de acompañar -para luego atravesar- la repetición imaginaria que se pone en acto en toda transferencia, durante los primeros tiempos del proceso terapéutico.

La segunda lleva aparejado el desarrollar, en las personas implicadas en la situación terapéutica, modificaciones en su entramado subjetivo, en un doble trabajo simbólico de complejización y de traducción de su imaginario.

La tercera tiene como resultante la creación de un nuevo vínculo que ha de permitir hacer lazo a lo social.

Ahora bien, ¿por qué introducir en ello el término de ficción? Se puede responder: por que ella es una de las vías principales para desarrollar ese camino hacia la subjetividad.

Sabemos que la subjetividad es la que nos diferencia los unos a los otros, pues nos hace radicalmente heterogéneos. En ella está inscrita nuestra historia, tanto el deseo que nos atraviesa, como la forma en la que nos relacionamos con los objetos y los significantes que pueblan nuestro universo. Sabemos también que, bajo su forma social -un tanto superficial-, nos otorga la llamada identidad…

El camino hacia la subjetividad es el camino hacia ser sujeto, desarrollando la potencialidad del ser. Y ser sujeto es haber introyectado y elaborado la historia de nuestros vínculos de forma creativa, dándole nuestro propio sello, en una cadena de identificaciones, unas más imaginarias –que no dejan de ser proyecciones del ideal de uno mismo, generalmente tomando como referencia lo corporal-, y otras más simbólicas.

Sin embargo desarrollarla no es un camino llano. Los seres humanos nacemos inermes a un mundo, poblado de los objetos de nuestra necesidad –alimento, calor, abrigo, cuidados…-, sin tener la suficiente maduración biológica para poder procurárnoslos, ni el tesoro del código de las palabras para poder nombrar y reclamar esos objetos. Es por ello que nacemos alienados a ese saber del otro –generalmente la madre que nos atravesará, con suerte, de su deseo – sobre el uso de los significantes.

Alienados sí, y también configurados primeramente por la imagen de ese otro del amor –la madre- que nos devuelve una imagen unificada de nosotros mismos, contenedora de lo pulsional. Así, cuando hablamos de imaginario, nos referimos también a una imagen de nuestro propio cuerpo y a la aprehensión omnipotente de la realidad, que realizamos a partir de esa matriz. Más tarde ella configurará nuestras creencias y dificultará de manera decisiva, el acceso a la realidad. Hablaremos entonces de una realidad “cuajada” por lo imaginario, función nuclear de la repetición.

El punto de partida es entonces el de una alienación necesaria, pues sin ella el cachorro humano, inerme ante sus necesidades por la prematuridad biológica con la que nace, moriría. No obstante sabemos, por lo anteriormente citado, que la biológica, no es la única muerte posible, existen otras, por ejemplo el sostenimiento de esa alienación como soporte de la existencia.

De la prematuridad biológica y la alienación necesaria, hacia devenir ser sujeto diferenciado, capaz de escuchar y atender su posición deseante, ese, es un largo periplo lleno de contingencias.

Para poder desarrollarlo, ¿qué condiciones son necesarias? Siguiendo a D. W. Winnicott –y a nuestra experiencia-, diremos: la posibilidad de haber tenido en forma suficiente un espacio “transicional” para la apertura hacia la subjetividad. Sabemos que este espacio es un “territorio psíquico” que se va desarrollado por la relación del niño con ciertos objetos que para él tienen vida propia, quiero decir, incluso independiente de él.

Es un territorio en el que los apremios y las censuras, tanto de la realidad exterior como de la psíquica, quedan atenuados. No recaen directamente sobre el sujeto sino sobre sus representaciones. Es el territorio mismo de la ficción.

Podemos hablar entonces de un itinerario que lleva de lo imaginario, a poder desarrollar la imaginación, capacidad que conlleva, de manera necesaria, la posibilidad de ficcionar. De ese modo se va abriendo el espacio simbólico para que el niño –o el adulto en una reedición posterior-, halle sus formas de representarse el mundo y sentirse representado en el.

Pero como ya hemos dicho, no es un camino fácil, puesto que implica la posibilidad de haber recibido de parte de los padres -y más tarde de los educadores-, una serie de condiciones para su elaboración. Entre estas están, por ejemplo, que los padres no hayan estado en una posición demasiado omnipotente, como únicos detentadores del saber que le tenía que incumbir al niño. Tal vez tampoco demasiado ansiosos por no saber lo que le acontecía al pequeño, cuando no entendían su conducta.

En realidad el saber funcional de los padres –sobre sus hijos- en el estado de la pequeña infancia, no es muy importante; lo que es importante es el tipo de vínculo que establecen con ellos.

Ese vínculo, aparte de dar cabida a una fuerte ligazón emocional, también pasa por la posibilidad de sentirse comprometidos en la escucha y la adaptación a ese no saber, y por lo tanto a permitirse ser interrogados por el.
Este punto, me gustaría recalcarlo, no es mera retórica. Lo que los niños aprenden no son las buenas palabras, sino los modos en los que los adultos, hacen coincidir palabra y acto, intentado producir las menores disociaciones posibles entre una y otro.

Si me permiten, les diré que aquí entramos en el territorio de la ética, pues todo proceso de acompañamiento ha de ser sostenido con las menores disociaciones posibles. Este hecho –no hay clínica sin ética-, es uno de los pilares fundamentales que permiten avanzar sobre la creación de un vínculo simbólico entre paciente y terapeuta.

De este modo, ¿cómo dar lugar al desarrollo de ese espacio para el ejercicio de su potencialidad al hijo –por parte de los padres-, o al paciente –por parte de los
terapeutas-?

Dándole, desde la más temprana infancia el lugar de sujeto a advenir, pudiendo sostenerlo –y sostenerse- a partir de reconocerlo como portador de su propia diferencia.

Permitiendo que para nosotros, ya se trate del hijo, del paciente o del alumno, este sea portador de rasgos que podamos interiorizar, que nos podamos identificar –no con él-, sino con algún rasgo suyo, tal vez con alguna de sus palabras. Hacerlo portador en acto de un saber que permite reinterpretarnos, escucharnos a nosotros mismos de un modo algo distinto.

Ya sé que me estoy dirigiendo a profesionales, y tal vez lo que les transmito les parece obvio, pero me parece importante recalcar que no es posible establecer una relación de ayuda sin comprometerse a construir un vínculo de no saber todo con y para el otro y por supuesto respecto a nosotros mismos, como terapeutas pero también como sujetos, divididos, barrados en cuanto al acceso al saber del deseo inconsciente que anima nuestra existencia.

Verán que no les hablo de un no saber funcional, sino de un no saber que define un saber sobre la estructura misma de la incompletud que nos acuña como sujetos.

Por un lado va a ser importante para nosotros, no partir de una posición de saber ni sobre el paciente, ni sobre como vamos a reaccionar ante lo que este nos vaya presentando. Un no saber sobre quien y como es esa persona que viene a nosotros en demanda de ayuda, ese estar en posición de “extranjero” ante una lengua que no se conoce, será lo que permitirá darle justamente la posibilidad de crear un espacio potencial para el desarrollo de su subjetividad.

En la clínica observamos a chicos/chicas, que han tenido una falsa adaptación
–alienados absolutamente en el deseo de los padres-, que no han podido constituir(se- en)ese espacio. Son los casos por ejemplo de niños/as que aprenden de memoria las cosas y las repiten tal como las han aprendido, adquieren hábitos y cumplen las normas a satisfacción de los adultos, incluso pueden sacar notas brillantes, pero por ejemplo, más adelante en sus estudios, cuando estos se basan cada vez más en conocimientos que requieren las capacidades del razonamiento y la reflexión, fracasan estrepitosamente.

Por no hablar de las dificultades afectivas que presentan en relación con sus compañeros, su falta de plasticidad con la rigidez consecuente en la relación –constatación del fracaso de los procesos de identificación simbólica-, el no poder resignar las pérdidas, etc.

La prueba de la interiorización de la ley simbólica ha sucumbido. Toda su estructuración basada en la memorización y la repetición, en la incorporación masiva de esos modelos parentales –en la alienación al deseo del otro-, queda obsoleta y sucumbe.

¿Qué digo entonces cuando propongo la introducción del espacio simbólico de ficción en la terapia?

Para responder a ello, antes les tendré que hablar someramente de aquello que entiendo por realidad, puesto que ficción y realidad van íntimamente emparejadas, se entrañan y se extrañan la una a la otra.

Ustedes ya saben que para el hombre existen –como mínimo- dos realidades, la psíquica poblada de los sueños, las fantasías y en definitiva organizadas por el fantasma ($      a),
y la realidad exterior.

Sabemos también que el Yo vela para producir esa conexión con la realidad exterior. Pero es ilusorio, en cuanto a lo que de humano acontece, pensar que hay una realidad que sea más palpable que otra. Para el ser humano, su construcción sobre la realidad es la realidad misma.

Si eso es así, ¿por qué introducir entonces el término de ficción?

Pues bien, si el Yo es para el sujeto, agente de conexión con la realidad exterior, también –por su construcción imaginaria- es un palacio de espejismos. Sin embargo, eso mismo le permite ser estancia de los distintos personajes de su historia, historia de sus identificaciones, que a nivel simbólico pueden jugarse como personajes en el espacio de la ficción para producir un nuevo recorrido simbólico.

Así la ficción es un aparato simbólico que intenta reabrir ese espacio potencial –y vital- para el desarrollo del sujeto, que tal vez quedó –en su momento- conculcado. En él, tanto la realidad como la realidad psíquica,  no lo invaden directamente, piden ser traducidas y tal vez deformadas para poder ser aceptadas.

El otro día, supervisando un caso en una formación, aparecía una terapeuta  muy cuidadosa, implicada con el niño, que podía y sabía vencer sus resistencias a entrar en relación con ella, que ante la pequeña violencia que le presentaba, le facilitaba espacios para ritualizarla y transformarla. Todo muy correcto, pero tal vez todo demasiado rápido, en apenas seis sesiones.

Ese niño – de cuatro años-, venía por un lado con la demanda de la maestra de que no prestaba atención y molestaba a sus compañeros, y de la madre de que no progresaba.

Sus pinturas eran muy ordenadas, los colores no se mezclaban, entraba y salía de las propuestas de la terapeuta sin excesiva provocación, pero también casi sin demanda. Una escenificación de ¿qué me quieres?, o sea una soldadura entre ¿qué quieres de mí? y ¿me quieres?

Sin embargo en algunos dibujos, y de manera como descontextualizada, decía que había un bebé y un hombre que quería matarlo. En otros momentos cogía un muñeco y nombraba, mirando a la terapeuta, “le arranco la cabeza…” a la que esta respondía –sin imponerse-: “no, pobre…, tal vez será mejor que no”, ante lo cual, el niño obedecía y parecía quedar apaciguado.

A tenor de esa pequeña viñeta clínica anterior. Podemos preguntarnos, ¿será suficiente para la cura de este niño, inhibir su conducta para reforzar el vínculo con la terapeuta?

Obviamente no lo sabemos, pero ¿creemos que de este modo se están trabajando sus ansiedades más primarias?, ¿se está permitiendo una elaboración de sus conflictos o se está estableciendo un pacto, que excluye esos materiales?,  ¿qué pasará ante momentos de crisis que viva, reaparecerán volviendo a poner en primer plano lo no elaborado?, ¿se está permitiendo  reabrir ese espacio potencial para el desarrollo subjetivo?

También podríamos decir: si el niño hace recaer la pregunta sobre el objeto –proyección y transición tal vez necesaria de sus ansiedades-, ¿por qué volverla al vínculo directamente “…tal vez será mejor que no” dice la terapeuta, sacando al objeto de la escena? ¿Hubiera sido más oportuno seguir la propuesta del niño, trabajando sobre lo que le acontecía al objeto, sobre el peligro que se cernía sobre él y permitir desplegar sus representaciones? Nos parece que a esta respuesta hay que responder afirmativamente.

¿Por qué introducir entonces, en el espacio terapéutico, la ficción?

Por que pienso que la ficción hiende esa realidad cuajada, ese vínculo al otro falsamente adaptado. Porque permite al ser humano explorar y crear sus realidades alejándolo de los procesos de alienación, que lo han constituido a partir de su necesidad, pero que en la actualidad pueden estar obturando el acceso a su deseo.

La ficción en tanto ecuación simbólica diferenciada de la realidad alienante, implica el desarrollo de una estructura que inscribe el espacio, el tiempo y la acción, como una reinterpretación –dramática si se quiere- de lo cuajado en nosotros respecto a la realidad inmediata.

La ficción rehúsa  ilustrar o a reproducir la realidad, por lo que justamente deviene instrumento para su conocimiento, su develamiento.

Ella abre un espacio del que se puede entrar y salir a voluntad, en el que la realidad no se impone, y en el que la fantasmática interna se traduce y se reinterpreta. Con la ficción creamos la competencia –mediante la capacidad de desembrague de la que nos hablan los lingüistas- de poder construirnos un vínculo con la realidad, sin estar sometidos a ella.

Se trata al mismo tiempo de un vínculo sólido en cuanto a la constitución de su tejido simbólico, por que en él la realidad no es rechazada defensivamente, sino que es traducida e introyectada a lo asimilable para el sujeto.

Trabajar con la ficción requiere, para el terapeuta la habilidad de:
- dejar desfilar en atención libre las representaciones del deseo y de las fantasías,
- la creación de un marco y de unas reglas simbólicas que permiten al sujeto diferenciar el territorio de la realidad y el de la ficción –fecundado este por la imaginación-,
- y al mismo tiempo desarrollar una unidad de “lectura”, un corte sobre lo imaginario al modo de los poetas, que a través de otorgar una combinatoria distinta a los significantes, ponen en relación los diversos mundos que habitan entre nosotros y de los cuales no tenemos demasiada noticia por estar escindidos.

La ficción opera en la represión unas veces como un corte íntimo, sutil, otras como un rodeo imprescindible. Casi como la denegación, esa forma de levantamiento de la represión, bajo la cual el material inconsciente aflora a la conciencia, pero que a diferencia de la denegación, no presta sus servicios bajo los procesos de la escisión.

Es en definitiva trabajar con la ficción, nos propone un contacto íntimo y sutil con ese saber que representa al inconsciente y nos permite volver a entrar otra vez en la escena del deseo.

Una vez más comprendemos así que el uso de la ficción en la terapia se sitúa a caballo entre lo imaginario y lo simbólico, sin olvidar el horizonte último de lo real, inalcanzable y necesario, ya que como decía E. Chillida, es necesario que tal horizonte exista para poder tener una cierta perspectiva.


Miquel Izuel Currià
Psicólogo clínico. Psicoanalista
Presidente de GREFART
-asociación para la investigación y la formación en Arte-terapia-

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