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Publicado en: Revista Nº 24

La observación en la Práctica Psicomotora como instrumento de trabajo en las intervenciones de Ayuda individual y en los grupos con fines educativos

Publish 16 Diciembre 2013 Visto 3873 veces
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Franca Giovanardi y Mara Tagliavini

La investigación sobre el tipo de observación a utilizar, arranca desde la reflexión acerca de los principios teóricos y las referencias epistemológicas de la Práctica Psicomotora. No ha sido sencillo identificarlos; la dificultad, a nuestro juicio, puede estar relacionada también con que la Psicomotricidad, disciplina históricamente joven, nació del encuentro de distintas disciplinas y, por lo tanto, como siempre ocurre cuando se abre un nuevo campo de investigación, las orientaciones son múltiples, y no siempre concordantes entre ellas. Desde hace años, los psicomotricistas investigamos sus conexiones, trabajo que sigue en la actualidad, y que consideramos especialmente útil, no sólo para la investigación epistemológica, sino también para el objeto de estudio de la psicomotricidad, es decir, la globalidad de la persona considerada en su conjunto; investigación que parte de las referencias teóricas generales hasta la situación práctica del aquí y ahora de la observación. La Psicomotricidad se ha atribuido la tarea, algo ambiciosa, de reunificar lo que la ciencia (con la C mayúscula) había fragmentado y dividido, poniéndose como objetivo el de conectar la corporeidad, la afectividad, la inteligencia y la sociabilidad de la persona; aspectos que eran, y siguen siendo, dominios separados de distintas disciplinas.

 La metodología que utilizamos, tiene las características de la observación directa y participativa. En efecto, se produce en sala de psicomotricidad, en contacto directo con el niño (pero también con el adolescente o el adulto), con el que se interactúa desde el comienzo de una intervención. Por lo tanto, se trata de una observación interactiva, tal y como suele definirla B. Aucouturier.
Antes de hablar sobre qué observar, es necesario reflexionar sobre cómo observar, porque la observación directa y participativa no indica sólo la participación a nivel de acción, sino también una disposición emotiva interior de receptividad, de escucha de todo lo que procede del otro; se trata de dejar espacio dentro de uno mismo, con el fin de acogerlo y contenerlo. Es esto lo que se le exige al psicomotricista desde la fase de observación.

La receptividad es una aptitud similar a la capacidad de rêverie a la que se refiere Bion a propósito de la madre, la capacidad de tener una relación profunda con el niño, aceptando las identificaciones proyectivas, independientemente de que el niño las sienta como buenas o malas. La receptividad es la capacidad de silencio y de escucha, como espacio para acoger y contener el objeto observado en su plenitud, huyendo de uno de los mayores riesgos de la observación, que es el de ver sólo unas partes, unos sectores, y no a la persona entera, en su unidad.

Hemos elegido un tipo de observación con las características de las que hemos hablado, porque nos parece especialmente coherente con los principios de fondo de la Práctica Psicomotora de B. Aucouturier, que se refieren precisamente a los conceptos de unidad y globalidad de la persona. Esto no debe hacernos pensar que nos quedamos en una situación de un todo indistinto. En efecto, es necesario saber analizar y sintetizar, pero siempre con la atención dirigida a la totalidad de la persona, y no sólo, por ejemplo, a sus competencias.

Observar, desde esta perspectiva, comprendiendo también los aspectos de individualidad, de unicidad del otro, supone la disposición a observar con toda nuestra persona, y por lo tanto no sólo con nuestros conocimientos, sino dispuestos al encuentro con el otro, incluso a nivel tónico y emocional; esta es una característica peculiar de la psicomotricidad, que la diferencia de otras disciplinas. No es casualidad que en la Práctica Psicomotora se hable de resonancia tónico emocional, precisamente para significar la puesta en juego del adulto en la relación con el niño, en una búsqueda continua de la llamada justa distancia, que quiere indicar un movimiento interior de acercamiento y alejamiento emotivo, que permita comprender aquellos aspectos de multiplicidad peculiares del encuentro con el otro.

Quizás podríamos decir que es un privilegio del psicomotricista poder traducir este concepto también a nivel corporal, en ese juego de ajuste tónico, postural y espacial con el niño, que caracteriza nuestra actividad y forma de relación. Para el psicomotricista, se trata de desarrollar la capacidad de comprender los procesos evolutivos presentes en las personas, sentir dentro de sí y en los demás el impulso a crecer, para poder aliarse con estas partes del mundo interior dispuestas a madurar, elaborando esa función de contenedor de las necesidades y de la comunicación, tan útil en los contextos en los que se desarrollan las relaciones interpersonales. Además, se trata de garantizar al niño un espacio de acción propio.

Uno de los interrogantes más frecuentes que se levantan a propósito de la observación, se refiere a la cuestión de la objetividad. Disponiendo de un mayor espacio, sería interesante dar una respuesta más articulada; en este contexto, nos limitamos a decir que el psicomotricista que observa no es y no puede ser un registrador indiferente a los acontecimientos, sino que es una persona, dotada de emociones, sentimientos, conocimientos, que necesariamente entra a formar parte de la experiencia observada, que se produce a través de actividades de percepción, intuición, introspección. Franco Borgogno nos hace reflexionar sobre cómo la observación no es exenta de la relación, y que creer estar realizando una  observación verdaderamente “objetiva” es una pura ilusión.


El observador debería ser consciente de que su subjetividad constituye el fondo de la percepción del objeto, pero no puede por esto, si quiere conocerlo, reducir el objeto a sí mismo, anexionarlo a sus deseos o a lo que desearía que éste fuera. La comunicación entre el psicomotricista y el niño se produce a nivel consciente, pero también a nivel inconsciente, y sabemos que este último puede suscitar una cierta dosis de angustia y, tal y como argumenta Devereux, el objetivo a proponerse no es el de eliminarla, llevando así a cabo numerosos y sofisticados mecanismos de defensa, sino el de utilizar también nuestro mundo interior para avanzar en el camino hacia el conocimiento y el encuentro con el otro. La subjetividad de aquel que observa, por lo tanto, no es un molesto contratiempo del que hay que deshacerse, algo a negar, en cuanto “el observador puede observar el otro sólo observándose a sí mismo. Es más, sólo si se observa a sí mismo de una cierta manera, puede ve al otro”.

La observación se lleva a cabo de formas distintas, según los fines y en base al contexto.
En lo referente a los fines, que creemos pueden ser comunes a todos, podemos distinguirlos entre conocimiento inicial y conocimiento in itinere.
En el primer caso, observamos a un niño que vemos por primera vez, solo o dentro de un grupo de niños. La observación inicial nos permite realizar un proyecto de trabajo para ese niño, pensar si para él es más oportuna una ayuda individual o su introducción en un pequeño grupo con finalidades educativas; no significa siempre y automáticamente una intervención por nuestra parte, sino, a veces, la indicación hacia otros tipos de actividades.

La observación in itinere, por el contrario, es un proceso que continúa por toda la duración de la relación con el niño (incluso estando integrado en un grupo), y permite al psicomotricista modular constantemente su intervención, ajustándola en función del recorrido y de la evolución del mismo niño. La actividad de observación in itinere, por lo tanto, es parte integrante de la actuación del psicomotricista, no constituye un momento separado.

En lo referente al contexto: podemos observar a un niño tanto individualmente, en una relación de dos, como dentro de un pequeño grupo. Antes de cada observación individual inicial, se prevé una entrevista con los padres, de la que se encarga otro operador. La elección de ser dos, ya desde la fase de la observación, y posteriormente en la eventual intervención por nuestra parte, va en la dirección de ayudar a diferenciar espacios, intervenciones y modalidades. Poderse ocupar del niño y de los padres de forma diferenciada, permite una mayor "libertad" y disponibilidad; brinda la posibilidad de compartir y comparar los distintos niveles de intervención. El operador que sigue los padres puede hacer de tercero con respecto a la pareja niño - psicomotricista, y a su vez, el psicomotricista puede desempeñar el papel de tercero en la pareja operador - padres.

Para el psicomotricista, también puede tener sentido escuchar la "historia" del niño contada por otros, antes de empezar la intervención directa. En efecto, conocer su historia puede ser de ayuda para preparar lo necesario para el primer encuentro, sabiendo la importancia que tiene, en una práctica como la nuestra, el primer encuentro, cuando podemos comprender, gracias incluso al contexto insólito para el niño, una gran cantidad de indicios, señales, informaciones, mensajes. El "relato" del niño que procede de los padres, los maestros o de quienes le conozcan y le envíen a nosotros, puede ser útil, sobre todo si hay mucha atención por nuestra parte a no dejarnos influenciar por estas imágenes que los demás nos ofrecen. Son sus imágenes, es su narración, es lo que otros ven de su historia. Bettelheim, por ejemplo, nos pone en guardia cuando escribe: ”… sustituir a sus propias observaciones las realizadas por otros, significa renunciar a la capacidad de razonar, incluso a la capacidad aún más importante de percibir”. Por lo tanto, no se trata de sustituir, sino acoplar la historia de otros con nuestras propias observaciones.

Suelen ser dos las observaciones individuales iniciales, a distancia de una semana; consideramos conveniente no llevar a cabo un mayor número de observaciones iniciales, con el fin de intentar evitar el eventual apego del niño al psicomotricista, antes de la decisión de intervención por nuestra parte, que no está descontada.
El niño y los padres (o el padre), son acogidos en el hall, un espacio que consideramos muy importante, y que, en cierto sentido, ya forma parte del proceso de observación. El hall es el espacio de acceso a los lugares internos, es el espacio intermedio entre la sala y el exterior, entre el dentro y el fuera; es el lugar de conocimiento, encuentro, espera, preparación, lugar de intimidad (el niño se desviste y se viste de nuevo) y, sobre todo, lugar de despedidas. En el hall, se pueden realizar muchas observaciones sobre las formas en las que se produce la separación.

La verdadera observación se produce en la sala de Práctica Psicomotora, un lugar pensado para el niño, en el que él puede expresarse en un área de seguridad. No nos detendremos en la descripción de la sala, sino que nos limitaremos a apuntar algunos de los elementos que la caracterizan.

La sala de Práctica Psicomotora no es un fondo neutro, sino significante. Todo está ubicado de forma que el niño perciba de inmediato que el lugar está allí para él, que tiene la posibilidad de elegir adónde ir, qué hacer. El mobiliario no tiene una única función, sino que se presta a muchas posibilidades de juego: juego simbólico y actividad de representación
El espacio disponible se llena de sentido, “semantizado” por la acción del niño. En efecto, jugando de forma espontánea, el niño entra en contacto con sus deseos más profundos: pone en escena su historia afectiva en el aquí y ahora de una historia de la que él es el protagonista. De hecho, podemos pensar que los orígenes del imaginario y la capacidad de simbolizar son corpóreos, y proceden de las experiencias más antiguas del niño, de la alternancia de vivencias de placer y no-placer, bienestar y malestar, que el niño ha vivido en la relación con la madre.

La observación en P. P. se basa en unos parámetros precisos, que aquí indicamos separadamente, por necesidades de exposición, pero que están en estrecha relación uno con otro, y se basan en las categorías típicas de la comunicación no verbal. Los parámetros se refieren a las relaciones: la relación del niño con el espacio, el tiempo, los objetos y los demás. El niño, sujeto de las relaciones, es observado, tal y como afirma B. Aucouturier, en su expresividad motora, es decir, en su forma del todo original que tiene de estar en este mundo, de ser sí mismo, de expresar lo que está viviendo aquí y ahora y, al mismo tiempo, de contar su historia arcaica.

Observaremos su morfología, su forma de moverse, de desplazarse, de actuar, su tono, sus posturas, sus gestos, su mímica facial, su mirada, sus reacciones neurovegetativas (rubor, sudación, etc.), su voz, su lenguaje verbal con sus contenidos. Anotaremos si su coordinación dinámica global y su control postural son adecuados a su edad, cuáles posturas adopta, cuáles son sus apoyos en el suelo cuando anda. ¿Existe contacto, o anda casi volando? (Contacto con la realidad) ¿Sus gestos poseen una función simbólica?

Espacio y tiempo, categorías fundamentales e inseparables, no se consideran de por sí, sino en su coloración afectiva de la vivencia del niño. Sobre esta base, podremos anotar, por lo que respecta al espacio, cómo usa el espacio. Cuáles son los espacios que el niño utiliza, cuáles privilegia, cómo pasa de uno a otro, qué ha facilitado o inducido este paso, cuáles rupturas lo han marcado, cuáles tipos de actividades sensomotoras, simbólicas, de construcción .... realiza el niño y dónde, cómo ocupa el espacio: con el cuerpo o sólo con la mirada o la voz.... la sucesión de las acciones que realiza tiene una coherencia propia, o parece estar provocada por estímulos de todo ocasionales. Y mientras actúa ¿es capaz de mantener una atención continua, prolongada o sólo momentánea?
En la relación del niño con el tiempo, anotaremos cómo utiliza el tiempo de la sesión; si por lo que respecta al tiempo utiliza un determinado espacio, la sucesión en el uso de los espacio y objetos, la duración de una cierta actividad o de la aparente inactividad….

Con los objetos: con qué objetos entra en relación, cuáles privilegia. ¿Qué hace con ellos? ¿Cómo los utiliza? ¿Se limita a manipular un objeto o es capaz de utilizar sus funciones? ¿Cuándo los utiliza? ¿Los cambia con frecuencia? ¿Cómo se separa de los objetos? ¿Consigue construir algo utilizando los objetos? ¿Los cubre de significado simbólico? ¿Lleva objetos a la sala como conexión con el exterior y para sentirse más seguro? ¿Aprecia las diferencias cualitativas entre los objetos? ¿Es capaz de operar con los objetos? ¿Qué tipos de operaciones realiza?
Con el psicomotricista: ¿Qué tipo de relación teje? ¿Busca la comunicación directa? ¿Qué formas de relación utiliza? ¿Pide explícitamente ayuda? ¿Es capaz de esperar por una respuesta? ¿Cómo se acerca o se aleja? ¿Expresa sentimientos de agresividad, provoca?

Durante el tiempo de la observación será importante observar, siempre en base a los parámetros, si existen bloqueos o inhibiciones en sus acciones, si hay una repetición, o si en cambio existen variaciones. ¿Dónde y cuándo se manifiestan el bloqueo, la inhibición, la repetición o la variación? ¿En el movimiento, en el gesto, en la postura, en el tono, en la utilización del espacio o del tiempo, en la relación con el adulto?

En base a las observaciones llevadas a cabo y al análisis de sus propias resonancias tónico–emocionales, intentaremos establecer unas conexiones, con el fin de atribuir un significado a lo observado, realizar una síntesis de las observaciones realizadas y formular unas hipótesis para un posible proyecto de ayuda. Por analogía, se podría afirmar que, tal y como escribe Bateson, “…la combinación de las partes no es una simple suma, sino que posee la naturaleza de una multiplicación”. De ahí, la riqueza enorme de situaciones, mensajes e informaciones.

La observación inicial dentro de los grupos de Práctica Psicomotora con fines educativos, corresponde a los primeros encuentros de un ciclo de actividades, tanto en el caso de grupos procedentes de instituciones educativas, como en el caso de grupos formados por niños acompañados por sus familias. A los parámetros de observación ya indicados, se añade el de la relación del niño con sus compañeros: ¿Juega con los demás? ¿Juega sólo, en pareja, en grupo? ¿Qué tipo de relación privilegia? ¿Qué formas de relación adopta? ¿En el grupo, qué dinámicas se desarrollan?
Utilizando la perspectiva de observar y dar sentido al conjunto de las relaciones, al observar un grupo, se trata de tomar en consideración también las relaciones entre los niños, pero el tipo de actividad observativa es similar. Lo que cambia es la utilización que hagamos de ella, es la respuesta que demos: en una relación de dos y en una relación de grupo, en una intervención breve, de ciclo de encuentros, y en una intervención de larga duración, la relación de ayuda asume tonos y significados distintos, pero la actitud observativa sustancialmente no cambia.

Examinemos, aunque de forma resumida y sólo como referencia, la observación in itinere que, como ya hemos dicho, sigue durante toda la relación con el niño o con el grupo, y permite al psicomotricista ver el recorrido del niño a lo largo de las sesiones, utilizando los mismos parámetros de la observación inicial y prestando especial atención a algunas constantes. Las observaciones, por ejemplo, sobre la repetitividad o sobre la experimentación de los esquemas de acción que suponemos relacionadas con la inmutabilidad o variabilidad de lo imaginario, las observaciones sobre la intensidad con la que el niño los expresa, sobre los cambios y transformaciones de acciones – situaciones y modalidades utilizadas, son especialmente indicativas, puesto que nos hablan del afecto del niño, nos dan el sentido de su recorrido, nos ayudan a detectar los momentos de crisis y los momentos evolutivos, que marcan el paso de la emoción a la representación. Consideramos que la posibilidad de representar las emociones, pudiéndolas transformar en pensamientos y palabras, es la finalidad quizás más importante en la Práctica Psicomotora.

Poner en acción la observación directa del niño en la Práctica Psicomotora y la lectura de las dinámicas grupales, requiere un recorrido largo y complejo de formación; puede ser un proceso que ayuda la maduración del pensamiento y de la persona en su totalidad, porque estimula actitudes problemáticas, modalidades de pensamiento divergentes. Puede ser una experiencia formativa, que amplíe la capacidad de percibir y pensar, que favorezca la capacidad de aprender a aprender, tolerando la incertidumbre, el desasosiego, la ansiedad, relacionados con una actividad compleja, que requiere compromiso, creatividad, intuición, conocimiento, disponibilidad.

 
Bibliografía

Aucouturier B., Darrault I., Empinet J. L., Pratica psicomotoria – Educazione e terapia, Armando, Roma, 1986
Bateson G., Verso un’ecologia della mente,  Adelphi, Milano, 1976
Bion W. R. , Apprendere dall’esperienza, Armando, Roma, 1972
Bisogni M.M. , Osservazione e gioco, Borla, Roma, 1999
Bettelheim  B., La fortezza vuota, Garzanti, Milano, 1976
Bonaminio V., Iaccarino B. (a cura di), L'osservazione diretta del bambino, Bollati Boringhieri, Torino, 1984
Borgogno F. , L’illusione di osservare, Giappichelli, Torino, 1978
Cavarero A., Tu che mi guardi, tu che mi racconti, Feltrinelli, Milano, 1997
Devereux G. , Dall’angoscia al metodo nelle scienze del comportamento, Bibliotheca Biographica, Roma, 1984
Winnicott D. W. , Gioco e realtà,  Armando, Roma, 1974

Franca  Giovanardi y Mara Tagliavini son psicomotricistas y formadoras en la “Pratica Psicomotoria Bernard Aucouturier” .
Llevan muchos años trabajando en Italia con niños y adultos en los campos de la educación, la ayuda psicomotora individual y de la formación. Recientemente, han fundado “PERCORSI”, un centro de Práctica Psicomotora, de estudio, investigación y formación con sede en Bolonia.

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